Durante más de un siglo, la escuela pública fue uno de los principales motores de movilidad social en la Argentina. Allí se formaron generaciones de profesionales, trabajadores, científicos y dirigentes que encontraron en la educación una oportunidad para construir un futuro mejor.
Hoy, esa promesa enfrenta una crisis que no puede explicarse por una única causa.
Los datos muestran que el sistema educativo continúa perdiendo estudiantes en el nivel secundario, mientras crecen el ausentismo, las dificultades de aprendizaje y la migración de familias hacia la educación privada.
UNA ESCUELA QUE TODAVÍA PIERDE ALUMNOS
Aunque el abandono escolar en la secundaria mostró una mejora respecto de años anteriores, el problema sigue siendo significativo.
Según el informe "Trayectorias escolares" del Observatorio Argentinos por la Educación, el abandono acumulado entre los estudiantes de 17 años pasó del 24,4% en 2018 al 15,1% en 2022, una reducción importante, pero que todavía implica que aproximadamente uno de cada seis adolescentes deja la escuela antes de terminarla.
Al mismo tiempo, otro dato refleja una dificultad menos visible, pero igualmente preocupante: el 51% de los estudiantes del último año de secundaria falta al menos 15 días de clases por año, una cifra superior a la registrada dos años antes.
La permanencia dentro del sistema ya no garantiza una trayectoria educativa sólida.
EL CRECIMIENTO DE LA EDUCACIÓN PRIVADAl
En numerosas ciudades del país, la matrícula de las escuelas privadas continúa creciendo.
Las razones son diversas: algunas familias buscan mayor continuidad pedagógica frente a los conflictos gremiales; otras priorizan jornadas extendidas, enseñanza de idiomas, infraestructura o una percepción de mayor calidad educativa.
Reducir este fenómeno a una cuestión ideológica sería simplificar un proceso mucho más complejo.
Para muchas familias, elegir una escuela privada representa un esfuerzo económico considerable. La decisión suele responder a la búsqueda de previsibilidad en la continuidad de las clases y de mejores condiciones para el aprendizaje de sus hijos.

EL ROL DE LOS SINDICATOS DOCENTES
Hablar del deterioro educativo también obliga a analizar el papel de los sindicatos docentes.
Los gremios cumplen una función legítima al representar a los trabajadores y reclamar salarios dignos, mejores condiciones laborales y mayor inversión en educación. Es un derecho reconocido en una sociedad democrática.
Pero también resulta legítimo preguntarse cuál ha sido el impacto acumulado de décadas de conflictos, paros y suspensión de clases sobre las trayectorias escolares de millones de estudiantes.
Las evidencias disponibles muestran que las interrupciones prolongadas del calendario escolar afectan especialmente a los sectores más vulnerables, que dependen casi exclusivamente de la escuela pública.
Esa realidad no convierte a los sindicatos en los únicos responsables de la crisis educativa.
Sería injusto afirmarlo.
La calidad educativa depende también de las políticas públicas, del financiamiento, de la formación docente, de la infraestructura, de las condiciones sociales y económicas de las familias y de las decisiones de los distintos gobiernos nacionales y provinciales.
Pero tampoco puede sostenerse que el conflicto gremial permanente no tenga consecuencias sobre el aprendizaje.

UNA RESPONSABILIDAD COMPARTIDA
Durante décadas, distintos gobiernos prometieron transformar la educación argentina.
Cambiaron ministros, planes de estudio, sistemas de evaluación y modelos pedagógicos.
Sin embargo, los problemas estructurales permanecen.
Las pruebas nacionales e internacionales siguen mostrando dificultades persistentes en comprensión lectora y matemática, mientras el abandono, el ausentismo y las trayectorias escolares incompletas continúan siendo desafíos centrales del sistema.
No existe una única explicación.
Y, justamente por eso, tampoco existe una única solución.
LA VERDADERA DISCUSIÓN
La educación no debería ser el escenario permanente de disputas políticas.
Tampoco un espacio donde cada actor defienda únicamente sus propios intereses.
El verdadero centro del debate debería ser otro: los estudiantes.
Porque cada adolescente que abandona la escuela representa mucho más que una estadística.
Es una oportunidad perdida para esa persona y para el país.
Mientras Argentina discute quién tiene la culpa, miles de chicos siguen aprendiendo menos de lo que necesitan para enfrentar un mundo cada vez más competitivo.
Y esa es una deuda que no distingue gobiernos, sindicatos ni partidos políticos.
Nos pertenece a todos.




